Ernesto Manilli

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Nancy Hernández encontró el por qué de su pintura en el corazón mismo de la Naturaleza. Desde el fondo del mar (que buceó muchas veces) hasta la cima de la montaña que avista hoy desde su hogar, su ojo supo captar la vida animal movilizado por un espléndido paisaje que ella utiliza como fondo de sus cuadros para rodear a sus criaturas mágicamente.
En sus obras impran la luz y el color, un color exaltado y vibrante que penetra en el espectador con fuerza arrolladora y la hace redescubrir la belleza que existe al alcance de todos y que muchas veces solemos pasar a su lado sin verla.
Todo esto es producto de su observación paciente y una sensibilidad enriquecido por el conocimiento y el trabajo constante.
Nada le fue regalado a esta pintora; la importancia que tiene actualmente su obra deviene de largos años de estudio y un quehacer ininterrumpido realizado con profunda fe.
En la pintura de Nancy no hay drama, lo que no quiere decir que en su vida no hubiera problemas, como en la de cualquier persona, pero el verdadero artista no traslada su dolor al arte que practica (Utrillo es un ejemplo) sino que, por el contrario, lo sublima, convirtíendolo en
obra de arte poética, como ocurre con nuestra artista.
La imaginación que campea en sus cuadros es un capítulo aparte. Si bien ésta se puede desarrollar, convengamos en que es un atributo divino; se nace o no se nace con él. Es un privilegio que tienen algunos elegidos, pero lo importantes es que sepan utilizarla al servicio de una vocación
Que, como en este caso, sirva para deleitar a quienes tienen la fortuna de poseer alguna de las obras de esta artista argentina, alto exponenete del arte de la pintura de nuestro tiempo-

 

Charitto Chávez

Es un deber expresar nuestro sentido crítico ya que la crítica es la mejor inducción para la superación, siempre que exprese constructivamente, jamás con el ánimo de destrucción, aunque se trate de crítica negativa, Qué bello es sentirse satisfecho de un compañero!
Hace un año tal vez, en la plaza “Seaport Market Place”, había en uno de sus cubiculum, una exposición muy grande para un espacio pequeñito. Llamo grande por su fuerza, no por la cantidad de obra. Luego, fuí invitada a su apertura donde expresé mi criterio al artista. Ella fué para mi muy impactante, ya que es una mujer argentina de expresiones muy dulces, muy humilde y de corazón tan grande como su obra.
El trabajo de esta artista es verdaderamente impresinante, sólido y maduro.
Digo impresionante, porque impacta tanto al profano como al capaz.
Maduro, porque su obra es una descomposición melodiosa de color, coordinando los colores con un color tan valiente que nos recuerda a los conciertos de aquellos clásicos nuestros en una de sus altas musicales.
Nancy, a pesar de ser una colorista de caracter, no solo juega con dichas gamas, sino que las descompone en formas básicas, logrando dibujos con características muy basicas, danzando en un torbellino de temas muy bien coordinados
Me expresé como obra solida, pues contiene una fuerza y un dominio del trazado admirable, que observandola de una forma típica de nuestras costumbres, no parese la obra generada por una mujer, ya que la tradición nos hace pensar que la mujer es un total de sutieza.
En el trabajo de esta artista se advierte un caracter impresionante.
Moderna en sus concepciones, demuestra ser una artista con una madurez académica que sí puede darse el lujo de romper las formas para soñar en un mundo de colores que te transporta a una fantasia, la cual no sabrias describir si estas en el astral o en las profundidades marinas de una existencia creada o soñada.
Insisto en Nancy artista, pues en sus obras pictoricas claramente se advierte que ha trascendido de las dos  dimensiones de la planicie del lienzo, manejando una tercera y descubriendo su manejo tambien sobre la escultura. No es pintor, es artista, la cual espero y tengo la fé, que no permitira que las piedras ni las espinas debiliten en un futuro, lo que hoy ya posee y que debe ser más y más en cada una de sus obras venideras, para que nosotros sigamos danzando en esta fiesta de colores y formas que construye el mundo creativo de la obra de Nancy Hernández.

 

Graciela Distéfano

Los itinerarios de Nancy Hernández

“No debemos solamente cambiar las narraciones de nuestras historias, sino transformar nuestro entendimiento de lo que significa vivir, ser, en otros tiempos y otros espacios, tanto humanos como históricos”.
Kevin Power

La de Nancy Hernández es una historia que comienza en la ciudad portuaria de Bahía Blanca, las huellas de su itinerario pasan por la arquitectura como carrera inconclusa y de allí emprende el  tránsito hacia la pintura. Ya en Buenos Aires, rechaza las opciones  académicas de las instituciones oficiales y  busca un taller de maestro, tras un conocimiento de otro tipo. Pero ya se sabe, no todos son iguales: hay quienes imprimen sellos indelebles en los discípulos marcando rumbos predeterminados,  quienes ayudan a dotar de las herramientas y técnicas solamente y quienes a esto añaden la  aventura de la exploración a través de sus propios mundos. Esto último fue para Nancy Hernández su maestro Ernesto Manili. Le gusta hablar de él, recuerda su figura, su negación a los excesos celebratorios, en fin su sencilla y honesta calidez. Pues esa fue su fuente, su punto de partida, el resto lo fue construyendo en el camino..
Ese camino que la llevó a los cálidos mares caribeños, y a una isla de las Antillas Holandesas: Aruba.  Aruba es la luz y  la puerta trasera del Caribe)- evoca la artista- porque esos imaginarios paraísos para adinerados y despreocupados  vacacionantes tienen un trasfondo muy duro para sus residentes permanentes. Por eso dedicarle tiempo a la pintura, es de por sí un esfuerzo notorio. Pero si a esto le agregamos que de a poco fue creciendo y  creando una poética propia, a partir de un paisaje de aguas cristalinas y peces multicolores. Un modo que le fue proporcionando un lugar en la plástica caribeña, ya que asistió como invitada a la Bienal de Cuenca (Ecuador) y a la de  Santo Domingo y de esta manera fue estableciendo sus propios contactos y un  universo de conocimientos.

 

Imagen cultural del paisaje

Así es como la artista, a  través del paisaje, nos transmite su concepto de la naturaleza: la niega o afirma, la capta con fidelidad o la interpreta según su estado de ánimo. Y es también campo de de experimentación pictórica en su afirmación como género autónomo. Por eso, cuando por las circunstancias vitales su brújula vuelve a girar hacia Argentina, el azar la deposita en otro paisaje, diametralmente diferente: en las soleadas tierras mendocinas en un paraje denominado La Llave, del departamento de San Rafael.
Obviamente es un choque cultural abrupto. De las tibias aguas a las resecas tierras, del mundo del turismo fashion al esfuerzo campesino de las viñas y olivares. La vendimia la impresionó, y el impacto se deja sentir en su pintura.  Capta la imagen cultural del paisaje, como testimonio visual de la relación que el hombre ha mantenido con la naturaleza. En ese tránsito entre lo sagrado y lo temido, entre el deseo de dominio y la contemplación, el respeto y la destrucción, el arte le ayuda a conocerla y apreciarla, a penetrar  en otras profundidades. Una dinámica cultural de la que la artista da cuenta a través de sus personajes, captando lo inédito con sus ojos  para aquello que se le presenta como “nuevo”, y por eso puede darle un matiz que sorprende a los lugareños.   Ese ser vistos por  una mirada sorprendida y extasiada.
En estos paisajes del sur mendocino, no acude a los lugares comunes de la pintura regional. No podría hacerlo, no lo son para ella.  Y  los juegos de planos y colores sólo esbozan las ideas,  y mezclan fragmentos, cambios de perspectivas, conexiones oníricas…  y desde su subjetividad aporta una visión compleja… un concepto de paisaje.

 

La pintura como trabajo y como búsqueda

Las mutaciones son el modo de experimentar el tiempo, el espacio, la causalidad…
Margarita Schultz

Toda vida es un permanente proceso de cambio, la cuestión es no temerle y asumir ese fluir. La experiencia del cambio es siempre una experiencia interna, una decisión que comienza cuando algo toca una fibra profunda.  Y la lectura suele tener ese impacto, ese  toque privilegiado que marca importantes momentos de la historia personal y por natural deslizamiento  en la propia obra de los artistas.
Para quien su lenguaje son los colores y las formas, su pensamiento  se constituye a través de ellos.  Colores y formas son los instrumentos que permiten comprender, develar las inquietudes que desde variados campos se han ido generando acerca del sentido de las  transformaciones culturales.
“Energía”, “Evolución”, “Niños índigo”, “Ángeles Humanos” forman parte de una serie en torno a lecturas que marcaron una época, la llamada “New Age” una especie de sustituto blando de las desencantadas utopías modernistas. Una nueva religiosidad adogmática, una perspectiva entre tolerante y panteísta hacia la que se volvieron muchas miradas.  Estas lecturas no dejaron intocada a Nancy, quien incursionó en aspectos del dibujo infantil  explorando la riqueza de esa subjetividad creciente.
Nancy Hernández se encuentra en ese proceso de cambio  que alterna la pintura como vuelo reflexivo-expresivo y los collages  como lúdica forma, como experiencia de disfrute de un juego, cuyas posibilidades  recogen la impronta de ciertas misteriosas casualidades, pero que pide trabajar día tras día.

 

El collage como paradoja

 Puedo decir con tranquilidad que con los collages de Nancy Hernández me encontré ante una paradoja múltiple. Todo un juego de azares permite que se transformen en  un proceso de reflexión. Cuando vi su obra pictórica, sabía que había otra parte que por circunstancias no alcancé a ver y que quedaron para un posterior análisis. Cuando me encuentro con ellos, cuál no sería mi sorpresa al saber que eran su punto de partida.
En primer lugar me parecieron obras independientes de la ampliación pictórica que Nancy realiza con ellos. En segundo lugar, coincido con la estudiosa mexicana Fitzia Mendialdúa, en que el collage es un arte mayor, es decir tiene vida e historia propia. Pese a que pareciera un recurso inventado por las vanguardias del siglo XX, el collage es una técnica que tiene sus raíces en China, Japón y Egipto, y que también fue utilizada en las anamorfosis del barroco y el tromp l'oleil manierista.
Su relevancia en el siglo XX, tiene a mi parecer una relación con sus cualidades específicas, a su modo privilegiado de interrogación de los materiales, a la exploración de las imágenes a partir de sus rupturas y discontinuidades, a las posibilidades del azar,  al intercambio de signos... 
El desafío visual, nervioso, cerebral  que representa unir en un todo coherente la diversidad presentada es una metáfora del conocimiento y del arte contemporáneos. En Nancy Hernández este es su punto de partida: un juego sensorial al que se aboca con sencillos elementos escolares: una mínima tijerita de kinder-garden, un pegamento  y una regla. Estos elementos a pesar de su aparente inocuidad son altamente simbólicos: la tijera representa ese trabajo manual, el que domina los elementos externos, mientras su ojo elige colores, texturas, el filo segmenta los límites y mediante el encolado va tejiendo la trama de formas a su arbitrio, que al cambiar de contexto conforman otro todo singular, que puede adquirir distintas sensibilidades táctiles, ser afirmado, compensado o hipertrofiado mediante intervenciones gráficas.
Hasta aquí, la obra ha ido construyendo su sintaxis, y se evidencia como plena, reflejando un vocabulario de la artista y de lo que pone como evidencia en su relación con el espectáculo del mundo. Pero donde otro artista habría considerado su obra terminado, Nancy comienza otra etapa. Y ahí comienza su función material y simbólica la regla, trazando cuadrículas, estableciendo un entramado de fracciones visuales que trasladará del mundo discontinuo del collage al fluído universo de la pintura.

 

De las tramas y el fluir

Dice Fitzia Mendialdúa:  “Un artista no escoge un procedimiento con preferencia a otro sin tener profundas afinidades entre esta técnica y sus deseos internos de expresión. Más precisamente aún: Al respecto de las exigencias del material al cual el artista se afronta en esta lucha que su mano emprende para doblar la resistencia que se enfrenta a la voluntad de su espíritu y donde su emoción según los casos revelan bajo ese esfuerzo recursos inexplorados hasta esa fecha que logra en el secreto inimitable de su obra”.
En el caso de Nancy Hernández, sus elecciones tienen que ver con las paradojas de su vida: sus itinerarios marcan desplazamientos de la costa a la isla, de la isla a la intensidad del desierto. Pero no un desierto inerte y desolado, sino un desierto que se deja cultivar, domar bajo las líneas de los surcos de viñedos, de olivares, de frutales. Nancy vive en un oasis artificial, un artificio, una creación humana que según narran los historiadores es la base de la civilización: la agricultura, la que permite al hombre echar raíces junto a sus cultivos, y desarrollar las actividades del feliz “otium” desde el que se accede a las creaciones superiores del espíritu. Allí, en un paraje denominado La Llave, simbolismos de la toponimia,  Nancy encuentra el lugar para escrutar, para sorprenderse, para gozar  y fluir en la trama de sus paradojas.

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